El escenario es imposible, pero la pregunta permite separar dos cosas: el T. rex del cine y el animal que podemos reconstruir a partir de sus fósiles. La respuesta cambia mucho cuando usamos estimaciones reales.
Primero: qué animal acaba de llegar
Un Tyrannosaurus adulto rondaba los 12 metros de longitud y normalmente se estima entre cinco y siete toneladas, aunque los ejemplares más grandes pudieron superar esas cifras. Tenía alrededor de 60 dientes y una mordida capaz de triturar hueso. Eso lo convierte en un animal extremadamente peligroso, pero no en una máquina capaz de ignorar las leyes de la física.
No correría como un coche
Las estimaciones de velocidad varían según el modelo, pero las fuentes actuales lo sitúan muy lejos de las persecuciones de Jurassic Park. Un adulto probablemente se movería en un rango cercano a 16–22 km/h. En una calle llena de giros, superficies duras y obstáculos, su tamaño también sería una limitación.
La ciudad sería el verdadero problema
Coches, sirenas, cristales, luces y multitudes no se parecerían a nada de su ecosistema. No podemos saber si atacaría, huiría o buscaría un lugar menos ruidoso. Presentarlo como una decisión segura sería inventar comportamiento que el registro fósil no conserva.
Una ciudad moderna terminaría controlando la situación
El dinosaurio tendría una ventaja inmediata por sorpresa, masa y fuerza. La ciudad, en cambio, tendría comunicación instantánea, rutas de evacuación, barreras, vehículos y equipos especializados. El desenlace más realista no sería un duelo, sino un operativo de aislamiento que limitaría el espacio disponible para el animal.
El experimento sirve si distinguimos evidencia de ficción
Podemos estimar dimensiones, mordida, sentidos y locomoción a partir de huesos, huellas y comparaciones biomecánicas. La reacción exacta ante un semáforo o una sirena seguirá siendo ficción. Ahí está la parte interesante: saber hasta dónde llega la ciencia y en qué punto empieza la historia.
